Qué lujo poder tener todo lo que dice el título en un mismo lugar: La Casa Común.
Primera parte.
Un lugar no solo de pura buena onda, sino también de profesionalismo, amistad, entrega, cultura, juego, arte, humanismo, reflexión y algo de rock’n rol. Lo único que me haría falta, sería una tina con hielos, un chapuzón grupal, y listo: la felicidad en su máxima expresión.
Y aún sin los hielos, mis sábados son ahora uno de los días más esperados de la semana: ir a la Casa Común y luego pachanguear con la familia o amigos. Aquí una breve reseña de lo que fue este sábado en ese cuasi-santuario de alegría y buena vibra, para que se den una idea de lo que se están perdiendo si no han visitado el Centro Cultural La Casa Común. https://www.facebook.com/CCLaCasaComun
-> Mientras los Chikis ejercitan los dedos, las manos y el cerebro aprendiendo a tocar el piano y la batería, Feli refresca su teoría de la música tocando la guitarra en su grupo, y yo aprendo siempre algo nuevo en mi clase de bajo. Por fin tengo mi propio bajo, uno electroacústico del que me enamoré en el instante en que lo vi colgado en la tienda Veerkamp del Centro de la Ciudad. Así que, este sábado llegué a clase estrenando mi bajo, y para mi fortuna, el director de la Casa, el buen Robert Chávez le dio una remojada a su estilo con un profundo sentimiento musical.

Mi clase con Luis fue para revisar unas partituras que contienen un montón de corcheas y semicorcheas, que tengo que captar bien para poder tocar mi rola secreta. Al final de la clase, mi bajo tuvo un segundo remojón de los buenos: el profe Luis y sus cruces de cuerdas con séptimas y octavas… Digamos que tuve un concierto con solo de bajo sólo para mí 🙂
Durante la pausa, me fui con Feli al local de garnachas que está enfrente de la escuela. Esta vez no teníamos hambre, solo necesitábamos un café de olla. Nuestra plática fue sobre la necesidad de ajustar nuestros instrumentos; Robert dijo al tocar mi bajo que le convendría una buena “octaveada”, y Feli piensa que su guitarra también se beneficiaría de un ajuste. Y para estos fines, ya sabemos quién es el experto en ajustar instrumentos de cuerdas, el guitarrista Omar, que también resulta ser el profe de Feli. En la Casa Común, puro win-win.
La siguiente fue una clase magistral, de esas clases que se te presentan pocas veces en la vida. Lecciones donde el o la profe dan vida a su tema de enseñanza, donde muestran pasión y regocijo al enseñar y al desear que los pupilos de verdad aprendan. El director, el buen Robert, nos da clases de solfeo básico a mí y a otros 5 alumnos una vez al mes. En la clase de Robert, además de música, también movemos el bote, despertamos y sacudimos los dos hemisferios cerebrales, reímos y aprendemos con varios datos curiosos de la música. La primera clase nos paró para marcar ritmos con diferentes partes del cuerpo: un chasquido con la lengua cada redonda, un pisotón por cada blanca y una palmada cada negra. Él nos dirigía. Al final, teníamos una pachanga rítmica y armónica, pero a veces disrítmica y descoordinada, que de cierta forma asimilaba un ritual con danzas polinesias al ritmo de la disonancia… pero con alegría. También Robert nos ha explicado los componentes de escalas mayores y menores no solo en la teoría, sino también de forma pragmática. Con su teclado nos toca cumbia, rock, música clásica, bachatas, baladas, etc. Esto no solamente para ejemplificarnos cómo suenan las escalas mayores y menores, sino también para darle más sabor, consistencia y dinámica a la clase. Con clases así, sales del aula entre bailando, cantando y cacaraqueando. Siempre con una sonrisa de iluminación y de motivación.

Mis compañeros de clase están entre los 10 y 20 años de edad. En el salón tenemos bancas de escuela primaria, de ésas que tienen paleta y bandeja abajo para guardar libros. A penas quepo en ellas, así que a mis 40´s doy un poco de sabor a la curva normal de Gauss, haciendo que la distribución de edades tenga cola. Pero eso no importa, en la Casa Común no hay edades, solo hay individuos con ganas de aprender y de enseñar.
Las otras tres clases mensuales de solfeo las da el Profe Ramón Hernández, un cellista zurdo que hace vibrar al público y a sus alumnos. A estos últimos al momento de hacer sus trazos en el pizarrón para que comprendamos mejor las unidades rítmicas y las podamos ejecutar en ejercicios tipo examen que nos hace durante la clase. Con Ramón aprendes porque aprendes, teoría y práctica son una sola cosa en su clase, aprendes haciendo. ¡Cómo no arrancar bien el fin de semana de esa forma!
La segunda parte de este post continúa en «Voces de Esperanza».
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Armonía, ritmo y filantropía.
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